Hemos oído muchas veces que reconocer el problema es el principio de la rehabilitación. En realidad, cuando se trata de una adicción, la misma enfermedad no permite ver el problema.
Cuando una familia se pregunta qué hacer cuando un adicto no quiere ayuda, suele pensar que si entiende lo que está pasando, aceptará tratarse. Pero en la adicción las cosas no suelen ser tan sencillas.
Es muy difícil que un adicto reconozca su adicción. Lo más probable es que le reste importancia, relativice las consecuencias, diga que solo se ha pasado un poco de rosca, afirme aquello de «yo controlo», prometa que no volverá a consumir o, directamente, niegue tener ningún problema de adicciones.
La adicción afecta a la forma de tomar decisiones, a la gestión emocional, al control de impulsos y a la percepción del riesgo. Además, muchas personas rechazan el tratamiento por miedo: miedo a dejar la sustancia, a enfrentarse a su vida sin consumo, a ser juzgadas, a fracasar otra vez o a perder la sensación de control.
Por eso, es necesario saber cómo ayudar a un adicto que no quiere ayuda. Porque no consiste en repetirle cien veces lo mismo o acusarlo de esforzarse poco por cambiar, sino en cambiar yo, como familiar, la manera de relacionarme con el problema.
Este punto es clave. Muchas familias, por amor y desesperación, acaban haciendo cosas que parecen ayudar, pero que en realidad pueden empeorar la situación.
Por eso, ante la pregunta qué hacer con un adicto que no quiere ayuda, la respuesta no es presionar más, sino actuar con más claridad, más unidad familiar y mejor orientación profesional.
Algunos lo llaman «amor duro», pero el verdadero amor nunca es duro, es responsable. Y esa responsabilidad consiste, unas veces, en poner límites claros y, otras, en sostener, acompañar, motivar o empatizar. El amor responsable no es dureza fría ni abandono. Tampoco es permitirlo todo por miedo a que la persona se enfade, se vaya o consuma más. El amor responsable es una forma de cuidar que no alimenta la adicción.
Significa poder decir: «te quiero, pero no voy a ayudarte a destruirte». Significa acompañar, pero no encubrir. Escuchar, pero no justificar. Estar disponible para iniciar un tratamiento, pero no para financiar el consumo, tolerar agresiones o aceptar chantajes.
A muchas familias les cuesta entender esto porque sienten que poner límites es dejar solo al ser querido. Sin embargo, el límite no rompe el amor; lo ordena. En Guadalsalus sabemos que una familia sin límites puede acabar agotada, dividida y emocionalmente destruida. Solo una familia con límites claros puede convertirse en un punto de apoyo real.
Poner límites a un adicto es una de las cuestiones más difíciles para cualquier familia. El límite debe ser firme, pero no humillante. Claro, pero no agresivo. Y algo muy importante: el límite debe ser sostenido en el tiempo.
No es lo mismo decir: «eres un desastre y no te aguanto más», que decir: «te quiero, pero no puedo permitir consumo en casa». No es lo mismo gritar: «búscate la vida», que expresar: «no voy a darte dinero, pero sí te voy a acompañar para que te rehabilites».
Un buen límite debe ser concreto. Por ejemplo: «no te daré dinero», «no mentiré más por ti», «no hablaremos de esto si estás bajo los efectos del consumo», «para vivir en casa necesitas aceptar unas condiciones mínimas», «si hay agresividad, me iré o pediré ayuda y protección».
También debe ser realista. No conviene poner límites que la familia no está preparada para cumplir. Y, sobre todo, debe ser compartido. Si un familiar pone límites y otro los deshace a escondidas, la adicción encuentra una grieta por la que seguir funcionando.
Todas estas claves te ayudarán como familiar para saber cómo poner límites a un adicto. Desde Guadalsalus insistimos en la importancia de una comunicación serena y asertiva. Para ello es muy importante hacer ver las consecuencias: que el consumo ha escapado al control de la persona y que está generando pérdidas reales, pero sin caer en la humillación ni en la guerra familiar.
Poner límites no significa dejar de querer. Significa dejar de colaborar con la enfermedad.
A veces la familia se obsesiona con cómo convencer a su familiar adicto que necesita ayuda o cómo convencer a su familiar adicto a rehabilitarse, pero no se da cuenta de que ella también necesita orientación urgente.
La familia debe pedir ayuda primero cuando ya no sabe qué hacer, cuando cada conversación acaba en pelea, cuando hay miedo en casa, cuando se han normalizado mentiras o chantajes, cuando los límites no se cumplen, cuando hay consumo dentro del hogar o cuando el familiar vive con ansiedad, culpa, insomnio o tristeza constante.
Pedir ayuda no significa rendirse. Significa dejar de improvisar. Un profesional puede ayudar a gestionar la situación: qué decir, cuándo decirlo, quién debe intervenir, qué límites son necesarios, qué tipo de tratamiento conviene y cómo actuar si la persona se niega.
Cuando una persona con adicción no quiere ayuda, la familia no tiene por qué seguir actuando sola, desde el miedo o la improvisación. A veces, el primer paso no lo da el paciente, sino quienes empiezan a poner límites, a dejar de rescatar y a buscar una orientación profesional que ordene la situación.
En Guadalsalus acompañamos a las familias para valorar cada caso y decidir qué recurso terapéutico puede ser más adecuado. Contamos con centros de ingreso para adicciones diferenciados para hombres y mujeres, donde la persona puede iniciar el tratamiento en un entorno seguro, estructurado y alejado del contexto de consumo. También disponemos de centros ambulatorios de adicciones en distintas localizaciones para quienes necesitan tratamiento especializado sin ingreso residencial, y de la Unidad de Desintoxicación Hospitalaria Vithas Guadalsalus, pensada para casos que requieren una estabilización médica, psicológica y psiquiátrica intensiva.
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