La carga mental en madres es una de las formas de desgaste psicológico más extendidas y menos reconocidas en la actualidad. No se limita a la suma de tareas domésticas o de crianza, sino que implica una atención constante a las necesidades ajenas, la planificación permanente del día a día y la responsabilidad emocional del equilibrio familiar. Esta exigencia continua, rara vez compartida de forma equitativa, genera una sobrecarga emocional en mujeres que, sostenida en el tiempo, deriva en un profundo agotamiento emocional.
La maternidad se desarrolla, además, bajo una fuerte presión social. A la mujer cuando se convierte en madre se le exige ser cuidadora incansable, emocionalmente estable, disponible y, al mismo tiempo, productiva en el ámbito laboral. Se espera que llegue a todo sin quejarse y que gestione el cansancio en silencio. El malestar, el enfado o la sensación de desborde no encajan en el ideal de «buena madre». Así, una mujer cansada emocionalmente aprende a minimizar lo que siente, a posponer sus propias necesidades y a sostener su rol incluso cuando está exhausta.
Este contexto favorece la medicalización del malestar y el recurso a las drogas con finalidad evasiva. Entre las prácticas más frecuentes se encuentra el uso de ansiolíticos, antidepresivos e hipnosedantes para manejar la ansiedad, el insomnio y la tensión derivados del estrés crónico. No se trata de un consumo recreativo, sino funcional: dormir para poder rendir, calmarse para no perder el control, amortiguar una tristeza que no se puede expresar.
Las cifras reflejan con claridad que este fenómeno afecta de forma desproporcionada a las mujeres. En España en 2026, la tasa de consumo de ansiolíticos en dosis diarias definidas por mil habitantes y día (DHD) es de 77,2 en mujeres frente a 53,5 en hombres. En el caso de hipnóticos y sedantes, el consumo alcanza 48,7 DHD en mujeres frente a 34,6 en hombres. Estos datos muestran un patrón sostenido de mayor uso de psicofármacos en la población femenina.
La desigualdad es aún más evidente en el consumo de benzodiacepinas. La prevalencia de uso de hipnosedantes en el último año se sitúa en torno al 16 % en mujeres, frente al 10,3 % en hombres, y diversos estudios epidemiológicos señalan que el consumo de benzodiacepinas puede llegar a ser hasta el doble en mujeres. Además, el uso prolongado —más allá de los seis meses recomendados clínicamente— es significativamente más frecuente en mujeres adultas, especialmente a partir de los 35-40 años, una etapa vital en la que muchas madres concentran crianza, trabajo y cuidados de otros familiares.
Esta tendencia no comienza en la edad adulta. Encuestas recientes muestran que aproximadamente el 26 % de las jóvenes entre 14 y 18 años ha consumido pastillas para la ansiedad o el insomnio, una cifra claramente superior a la de los varones de la misma edad. Aunque estos datos no se refieren exclusivamente a madres, revelan una cultura de medicalización temprana del malestar emocional femenino que puede perpetuarse en la vida adulta, especialmente en situaciones de sobrecarga y cansancio emocional.
En el caso de las madres, el consumo sobre todo de benzodiacepinas y alcohol suele instalarse de forma progresiva y normalizada. El fármaco no se percibe como un riesgo, sino como un apoyo necesario para sostener una vida vivida en permanente estado de alerta; tomar una copa se convierte en el momento de alivio del día o en la compañía de las tareas domésticas. Sin embargo, con el tiempo, aparecen las consecuencias de la carga mental amplificadas por la dependencia:
Lo que comenzó como alivio se convierte en una fuente de agotamiento.
Desde el enfoque clínico de Guadalsalus, la adicción no se entiende como una enfermedad aislada, sino como un síntoma que expresa un sufrimiento psicológico y social sostenido. En las madres, este sufrimiento está estrechamente vinculado a los mandatos de género, a la presión por cumplir y a la dificultad para legitimar el propio límite. La adicción cumple una función reguladora allí donde no existen otros espacios para el cuidado emocional.
Esta mirada se traduce de forma específica en Instituto MIA, la comunidad terapéutica femenina del Grupo Guadalsalus. En Instituto MIA trabajamos con mujeres que han desarrollado dependencia a psicofármacos, alcohol y otras drogas desde un abordaje integral que combina deshabituación farmacológica progresiva y psicoterapia profunda. Nuestras pacientes encuentran un lugar seguro para hablar de la experiencia de la maternidad, la presión social, la violencia de género, la culpa la autoexigencia… El objetivo no es solo retirar la sustancia, sino ayudar a las mujeres a reconstruir una forma de cuidarse que no pase por anestesiarse.
La adicción no es una solución al cansancio emocional de las madres; es una respuesta comprensible a una exigencia estructural insostenible. El verdadero alivio comienza cuando la carga mental se hace visible, el malestar se legitima y la mujer deja de necesitar fármacos para seguir siendo quien se espera que sea.
En Guadalsalus somos pioneros en el tratamiento de adicciones con perspectiva de género. Tenemos centros privados diferenciados para hombres y mujeres, así como una red de centros ambulatorios en España (Sevilla, Cádiz, Madrid, Cáceres y Valencia). También ponemos a tu disposición la Unidad de Desintoxicación Hospitalaria Vithas Guadalsalus, con tratamiento de estabilización intensivo y especializado en patología dual. Si quieres saber más, consulta nuestro programa terapéutico propio y los testimonios de pacientes y familias. Llama gratis al 954 353 954. Sabemos cómo ayudarte.
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